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"ROCKOKÓ" (2012)

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TEXTO DEL CATÁLOGO

TERESA RICCARDI

ALEGORÍAS RECURSIVAS

 

I.

Los sonidos que emanaban de su garganta, la simulación y el gesto exagerado le habían hecho notar que se trataba sólo de una cuestión de estilo. Sin embargo, la mismísima escena la involucraba en la acción performática que tenía lugar en el living. No podía dejar de mirarle el rostro al freak. Según el ángulo y la posición de la luz se le  podían ver los pozos que se había tapado con corrector exageradamente claro para su piel. Parecía un muñeco de cera. Aún así no perdía cierta gracia edulcorada escondida detrás de los anteojos ray-ban. Mientras su hija le acercaba el estuche de anteojos lenticular con motivos de mariposas que había quedado en la mesa de café, el personaje que no paraba de tocarse el pelo, contaba el último show que preparaba para sus fans. Particularmente, relataba fascinado la disposición de las pantallas de tv que primero habían probado en el estudio y que luego alinearían on-stage. Y si, las screens, la tele, los aparatos reproductores de imágenes y audio, los cañones, los retroproyectores, los spots  y los carteles luminosos, todos ellos genéricamente habían encontrado un lugar entre mis artefactos favoritos.  Eran de alguna forma, duplicadores narcisos de la imagen del yo, del brillo y demás fragmentos que componen la alegoría del artista.

 

II.

No era la primera vez que nos veíamos. Compartíamos ciertas ideas criticas del show-biz, así como la ardua tarea de la subjetividad en la composición del self . Nos reconocíamos en aquella posible representación proyectada en el espejo. Hacía unos días, había leído una critica en el diario que decía: “Su trabajo compone una instantánea de lo real. Una forma autosuficiente del sujeto de la performance que desborda el código enrareciéndolo hasta hacerlo desvanecer. Una exquisita arbitrariedad que también se sugiere en los temas, a partir del borramiento de un único estilo producto de la diversidad en el uso de los géneros. Géneros que se pliegan entre diversas expresiones que actúan tanto en la performance como en su identidad y creatividad a la hora de subirse al escenario”. Pensé sobretodo en sus covers, que aparecían cada tanto en la tele, y en mis círculos gráficos geométricos como redundancias mecánicas que se repiten en un juego de probabilidades. Las mismas que hacían posible, en la tela chica, unos video clips de la bandita gótica en el nuevo karaoke coreano del centro, y que se repetían en el otro canal y antes en el otro, y antes en el otro, ad infinitum.

 
III.

Cuando se fue, quedaron las copas sobre la mesa de cristal. Una suerte de vacío espectral daba vueltas por la sala. Pero más que siniestro, el fantasmita parecía sonreir con sus destellos. Místico y maníaco, volvía sobre los ecos que emitían la “efes”, una y otra vez. La ruina del paisaje decadente reunía lo disperso en una totalidad, universal y particular a la vez. Una alegoría de lo fugaz, de esa estrella que recorre un lapso de tiempo finito, me hacía pensar en mi próxima muestra.

 

 

 

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